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Alguna vez algún amigo decía qué si se grita al pasar por la plaza de Nariño o la de Bolívar en Bogotá, a manera de saludo, adiós poeta, serían poquitos los que no contestarían y sí muchos aquellos que responderían con un ademán de agradecimiento.

Es que en este país la herencia hispana quedó marcada con el gusto por hablar y escribir. Un hacer que ayudó en los inicios del idioma a su construcción y luego a su enlucimiento hasta convertirlo en el medio eficaz de comunicación al servicio de una comunidad que sigue vanagloriándose de contar con una lengua rica a la vez que es hermosa.

Quizá a ello contribuya el contar con unas raíces hundidas en la Roma imperial, a su vez favorecida por la cultura griega, pero también con un pasado signado por la presencia árabe y hebrea debido al dominio que estos mantuvieron en gran parte de la península ibérica durante cuatro siglos.

La huella de ese pasado queda en palabras que aún son de uso común y en otras que en su momento significaron pero que, al pasar del tiempo, ya porque el referente del cual dependían desapareció o porque simplemente su empleo fue reemplazado por otro vocablo de mayor precisión en el contexto inmediato, limitaron su presencia a estar en la lista de arcaísmos o palabras en desuso.

Apogeo, diáfano, eclipse, elogio y paralelo. Catálogo, biblioteca, geometría, psicólogo, zodiaco y desastre, son un corto ejemplo de una inmensa lista de palabras de origen latino y griego tan recurrentes en el decir diario de todos, pese a que con el avance tecnológico y científico proveniente de cultura ajenas a la hispana llegan otros nombres a los cuales se está obligado usar porque se necesitan, como se necesitó en su momento del vocabulario de los árabes y judíos sefarditas en quehaceres propios de la arquitectura, la agricultura, la cocina y la medicina o referidos a sus instituciones de gobierno y hábitos.

Azotea, aceite, almohada, barrio, rehén, sandía, alcalde, ajedrez, cero, carcajada, cifra, limón y cárcel. Cábala, hisopo, bálsamo, aloe, esmalte y júbilo.

Ayuda mucho el disponer de un idioma con cantidad de palabras, siempre listas para el empleo que se requiera, a que la vocación por la retórica en nuestra cultura sea preponderante en cualquier ámbito. Unas veces para la lisonja, otras para el vituperio, en ocasiones para convencer o refutar o para recrear mediante el relato de acontecimientos reales y también producto de la imaginación.

Facilita bastante tener un mundo de palabras a la mano para surtir con ellas expresiones que comparten un sentimiento, una pasión mediante los versos tejidos con cada una de estas palabras a las cuales el poeta Pablo Neruda llamó joyas que se fueron desprendiendo del ropaje de los conquistadores a medida que avanzaban en su largo trasegar, en busca del oro, la plata y las piedras preciosas que guardaron en sus inmensos baúles junto con la flora, la fauna y las voces escuchadas de boca de los nativos que les servían para llamar los frutos y los pájaros multicolores y las hojas medicinales y las herramientas y las montañas y los ríos y también a sus dioses: aguacate, canoa, colibríes, Chapal, Guáitara, chicha, cueche, paico y curuba. Unidas a estas las que llegaron del áfrica para matizar con su sonido y sabores la cotidianidad en los valles y la sierra: Macondo. Mochila, conga y marimba, forman parte de ese surtido sonoro que confirma en sus decires el carácter pluriétnico de América.

Lo de querer decir siempre algo forma parte de la herencia atávica recibida del Arcipreste de Hita, Santa Teresa de Jesús, Góngora, Quevedo y de Don Miguel de Cervantes. Legado acrisolado en estas tierras donde la palabra aún crea.

Por: Ricardo Sarasty

ricardosarasty32@hotmail.com

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