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Como se sabe, la noticia de la renuncia de Martínez Neira no llegó sola: vino acompañada de una similar de la vicefiscal y de la ministra de Justicia; de la demorada liberación de Santrich, así fuera solo por unos instantes, y de su recaptura; de la detención en plena audiencia del exmagistrado Gustavo Malo; de la acusación formal contra el expresidente de la Corte Suprema Leonidas Bustos, y de la autorización otorgada al exfiscal anticorrupción preso en EEUU, Gustavo Moreno, concedida para ampliar sus delaciones contra políticos y altos funcionarios judiciales.

Sintetizo: a la extrema derecha casi todo le sale mal; y no en Colombia, sino en el mundo entero.

Y es porque van a contramarcha. Pretenden halar el carro de la historia y la evolución humana hacia atrás, hacia el pasado. No quieren ver que el nivel de conciencia humano crece cada segundo, que la sociedad asciende rápidamente en el reconocimiento de sí misma, que a diario descubre los secretos del poder y que poco a poco aterriza los engaños y los fraudes que le quieren imponer. Que cada conquista la libera, que cada derecho recuperado es un escaño hacia el futuro.

Por eso Trump, Bolsonaro, Uribe y tantos otros en Francia o en Inglaterra, son sobrevivientes fanáticos del pasado, aferrados a un presente esquivo gracias a una coyuntura favorable pero temporal, fugaz, una coyuntura que nace de las entrañas mismas del modelo por el que sienten fascinación y al que pretenden reparar con populismo.

Trump quiere volver al supremacismo blanco, a la raza pura, poner muros de concreto que separen los pueblos, y busca hacerlo en medio de la globalización. Está completamente loco. Bolsonaro sueña con ver a los ciudadanos de Brasil con armas al cinto como hace un siglo. Vende la idea de que la seguridad mejorará con la medida; es un cretino, olvida que los criminales manejan mejor las pistolas que los padres de familia y que al liberar la venta de los fierros, les hace el negocio próspero a los primeros y embauca a los segundos en un viaje que los colombianos conocemos bien y que apunta hacia el infierno de la guerra entre compatriotas. Ninguno va a durar demasiado, sus maniobras son evidentes.

Y Uribe, que es el uribismo con presidente y todo incluido, nos quiere regresar a los tambores de la guerra y convertir la separación de poderes en un chiste. Pero todo les sale mal. Los nombramientos son pinches, con personajes retardatarios e ineficaces; el Plan de Desarrollo se les convirtió en un garabato incorregible por cuenta de favorecer a sus amigos de plata; las objeciones a la JEP fueron un desastre político y jurídico; el tema de las visas a los magistrados de las alta cortes no solo no sirvió para amedrentarlos, sino que consiguió una solidaridad de cuerpo que seguramente conducirá a la toma de decisiones judiciales, por lo menos independientes y distantes de los mandamientos del gobierno.

Y ya para rematar, les cae la renuncia de Martínez Neira. Quién lo creyera, no lo tumbaron los escándalos de Odebrecht, ni el episodio de Gustavo Moreno, su fiscal anticorrupción, envuelto en múltiples delitos confesos llevados a cabo en sociedad con los magistrados que lideraron su candidatura a la Fiscalía; y ni siquiera la muerte oscura de los Pizano, ni los plantones numerosos de ciudadanos pidiendo su dimisión lograron separarlo del cargo.

Se va dizque por principios, para hacer prevalecer la justicia. Martínez y principios no riman. Qué casualidad, hasta hace solo unos días el fiscal andaba oficina por encima, pidiéndole a los magistrados de la Corte que no lo separaran de las 18 líneas de investigación de Odebrecht, en los que él mismo está vinculado: prefirió presentar su renuncia aduciendo que lo hacía para salvar a la patria. Nadie le cree. Todo les sale mal.

@PazAportes

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