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Martes, Octubre 8, 2019 - 18:03

Hay personas que se la pasan toda su vida demeritando la labor de los demás a tal punto que han dejado de vivir; no son ellos, viven en un mundo de hipocresía. Su máxima expresión de felicidad se haría realidad en el momento en el que quien es objeto de odio sufra un tropiezo, y si lo sufre les parecerá poquito. Pero se frotarán las manos por debajo de la mesa: “algo es algo”, dirán. Les causa mucho sufrimiento, en cambio, si lo miran crecer. Y como la vida es aciertos y desaciertos, entonces lo que se necesita es sacar promedios y preguntarse, ¿vale la pena vivir odiando?

Para algunos la cara opuesta del amor es el odio, y no es así. El contrario del amor es la indiferencia y del odio, el miedo. De ello se desprende que odiamos aquello que nos representa peligro o amenaza.

Si bien es cierto que en algunas circunstancias el odio puede ser inevitable por ser momentáneo o pasajero, lo verdaderamente preocupante es el odio visceral, el que se produce con encono, que pudiera derivar en violencia, verbal o física. De igual manera cuando se prolonga en el tiempo, se vuelve crónico.

En este último caso, a veces, la persona objeto ni siquiera llega a enterarse o ha querido ignorarlo. De alguna manera a mucha gente que la tienen en la mira le sirve de desafío, es una oportunidad de crecimiento; se obtienen buenos dividendos porque puede estar relajada e inspirada, mientras la contraparte sufre febrilmente.

En el caso de las religiones se promulga el amor como bien soberano y se invita a cesar los odios. No obstante, el amor se lo puede distinguir en un fondo colorido de odio. Lo que conlleva a que el crecimiento espiritual está en adquirir una conducta del amor, que es una lucha constante entre dos jinetes dotados de armadura y espada. Según el escritor Og Mandino, el arma más poderosa es el amor. Todos los dardos de odios y tinieblas pueden ser reducidos a fina lluvia con el poder invisible del amor.

En la política es un factor decisivo. Por lo general determinados líderes arengan para despertar odio por el gobernante de turno o el opositor partidista; es un factor que permite capitalizar adeptos y, además, permite que los miembros de determinada colectividad sientan tanto fervor que los conduzca al fanatismo. Los enraíza frente a la posible amenaza: capitalismo y socialismo. El discurso político siempre va cargado de odio, escazas veces se habla de la política del amor.

En otros contextos, hombres y mujeres llegan a odiar su cuerpo por no poseer el patrón comercial. Para los tiempos actuales ser anoréxico es cumplir con los cánones para ser admitido en sociedad; no poseerlo es motivo de sufrimiento. En este caso flaquea la personalidad del individuo por falta de definición conceptual.

Pero si usted o yo somos objeto de odio, deberíamos expresarles nuestros cordiales agradecimientos a quienes nos han dispensado de su tiempo y sus “buenas” energías: nada da tanto crecimiento que cuando se vive una experiencia de estas, bien administrada conduce indefectiblemente al crecimiento.

Qué más grande experiencia histórica que la vivida por Jesús, quien era odiado por los judíos que no lo recocían como su rey. Sin estos episodios no hubiese sido posible tanto crecimiento y ser el personaje más grande que ha producido la humanidad.

Odiar es morir un poco todos los días, pero si eres objeto de este sentimiento, saca a relucir tu potencial y dales una gran lección demostrando crecimiento a tu favor. No hay otro momento más favorable para experimentarlo.

Aníbal Arévalo Rosero

fundacionecosofia@gmail.com

 

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