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Domingo, Febrero 17, 2019 - 15:40

Hace poco salió el informe anual de Inrix, la firma global especializada en análisis de transporte, y Pasto ha salido de los lugares críticos, o sea ya no está entre las 150 primeras posiciones. El año pasado, a estas alturas, Pasto era una de las ciudades más congestionadas de América Latina y se estimaba que una persona promedio pasaba 47 horas al año en un trancón.

Pero esta buena noticia estadística no se nota cuando salimos a la calle. Los trancones siguen existiendo, la congestión alcanza límites desesperantes en determinados puntos de la ciudad, y la contaminación y el impacto medio ambiental y económico sigue siendo crítico. Entonces, ¿qué es lo que se está midiendo?, se pregunta uno.

La respuesta podría estar en el libro del arquitecto Jaime Santacruz Santacruz, Historia de la Arquitectura y el Urbanismo, de edición independiente. Santacruz calcula el parque automotor de Pasto en 102.100 unidades, de los cuales el 75% son particulares. Pero el autor se refiere a los vehículos registrados, por lo que la cifra real sin duda es mayor.

Dadas las condiciones viales de la ciudad; la manera como se ha ido transformando la red de calles; las necesarias, pero desesperantes obras de infraestructura; la ausencia de una política vial sensata y moderna; la necesidad perentoria de una cultura ciudadana en las calles; y la falta de un tendido tecnológico apropiado, esa cantidad de vehículos es tremenda. Aún si la mitad de esos carros no saliera a la calle, ya habría trancones seguro.

Y el problema adicional también lo da Santacruz: “Sobre motos que también circulan por la ciudad, para el año 2018 se calculan en 130.000 unidades”. Y sumando.

Así las cosas, ese parque automotor puede estar fácilmente, a fecha de hoy, en un cuarto de millón de vehículos motorizados. ¡Y estamos ad portas de la invasión eléctrica en forma de monopatines!, la cual tiene aterrorizada a todas las grandes ciudades del mundo, por su falta de legislación adaptada a las circunstancias viales de cada urbe. Por ahora hay pocos, pero será caótico.

 

Topográficamente, Pasto, al ser un valle, es como una olla que ha crecido hacia las partes altas, y cuyo centro (la parte baja), es un hervidero de congestión, que en lugar de tener menos habitantes, tiene más, pues cada día se construyen más edificios. A más personas, más vehículos. De allí, que los trancones que antes estaban sólo cerca de Cristo Rey, San Agustín o La Catedral, hoy se hayan extendido a Santiago y alrededores.

Por supuesto, hay planes. No vamos a descubrir el agua tibia, ni abrirles los ojos a los responsables directos de aportar una solución. Pero el problema es que esos planes no tienen una comunicación apropiada. Y este es un fallo habitual en la mayoría de ciudades del mundo. Por ejemplo, si un tren se retrasa en Madrid, nadie da información inmediata y tranquilizadora, y la gente se desespera ante la incertidumbre.

Lo mismo pasa aquí con las obras de infraestructura, por ejemplo. Y nos hemos acostumbrado a esa falta de comunicación apropiada. No basta una valla en una esquina, hay que hacer más, porque la situación es desesperante. Y en este asunto todos tenemos que ver, para mal y para bien, desde el alcalde hasta el último de los peatones. Todos.

 

Por: José Arteaga

(Twitter: @jdjarteaga)

 

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