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Miércoles, Diciembre 9, 2015 - 10:06

El 13 de noviembre conmemorábamos los 30 años de la tragedia de Armero: una ciudad próspera y 23.000 vidas humanas arrasadas en pocos minutos por la avalancha. Una gran cruz de piedra, bendecida por el papa Juan Pablo II preside el inmenso cementerio sin tumbas en que quedó convertida la ciudad.

Tengo un documento exclusivo, relacionado con los destrozos producidos por el volcán, que quiero comunicar a mis lectores. Es la primera vez que sale a la luz pública.

En esa época yo había quedado a cargo del Secretariado de Pastoral Social del Episcopado Colombiano. Como director encargado tuve que atender las primeras emergencias. Viajé inmediatamente de Bogotá a la desaparecida ciudad de Armero y a Ibagué.

En las oficinas de la diócesis encontré un viejo mamotreto de páginas amarillentas, perforadas por el comején y con los bordes mordisqueados por los ratones: era el libro de registro de bautismos de la parroquia de Mariquita, correspondiente a la década 1840-1850.

El día 24 de febrero de 1845 el párroco, doctor José León Leiba (sic), interrumpió la monótona secuencia de partidas de bautismos, para intercalar en el libro el siguiente relato que copié cuidadosamente. Tiene este título: “Estupendo y lamentable suceso, por la santa voluntad del Altísimo”.

El texto continúa así: “El veinte y veintiuno del corriente febrero, cayó el Nevado del Páramo de Santa Catarina sobre el río “Lagunilla”, represó sus aguas impidiendo sus corrientes y al reventar el represo inundó el río al desgraciado vecindario que elaboraba las tierras de la vega. Esta lamentable catástrofe, acaeció según aquellos, y el Vicario del Cantón lo anota así en el libro presente para que los señores curas sus sucesores no se olviden de tributar infinitas gracias al Criador por el incomparable beneficio que esta ciudad recibe de sus benéficas manos, con haberle favorecido de esta desgracia y a encomendar al Altísimo a todas las personas que hayan perecido allí; igualmente recomendar a este vecindario que continuamente alaben y bendigan al Omnipotente y a Nuestra Señora la Virgen María”. ¡Idéntica historia habría de repetirse 140 años más tarde!

Al Nevado del Ruiz lo llama el sacerdote “Páramo de Santa Catarina”. El rio Lagunilla sí conserva en nuestros días el mismo nombre. En el documento parroquial no se menciona la destrucción de poblado alguno. En ese valle, que entonces se llamaba de San Lorenzo, existían sólo algunas casas de campesinos con sus campos de cultivo circundantes. La población de Armero fue establecida como municipio seis décadas después de los hechos narrados por el párroco de Mariquita, en el año de 1908. Muy pronto se convirtió en una pequeña y pujante ciudad.

Dicen que la historia es maestra de la vida. Pero, para el caso de Armero, la historia documentada de viejas tragedias, empezando por la erupción de 1585 descrita dramáticamente por fray Pedro Simón, no sirvió de maestra para las generaciones que habrían de habitar en el valle regado por el río Lagunilla hacia finales del siglo XX.

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