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Jueves, Abril 19, 2018 - 15:55

Un cerebro saludable trabaja tiempo completo para minimizar los riesgos en los seres humanos. Por ejemplo cuando solo hay dos candidatos con posibilidad de ganar una elección, interviene de manera efectiva para tomar la decisión, más aun si son extremadamente diferentes en su ecuación riesgo-beneficio. Uno de ellos ofrece grandes beneficios al elector, pero al mismo tiempo grandes riesgos. El otro ofrece pequeños beneficios, pero simultáneamente mínimos riesgos. ¿Qué hace el cerebro del votante en situaciones así? Elige los pequeños riesgos cuando se trata de un elector de opinión, no afectado por factores de manipulación.

Esa es la función del cerebro. Protegernos. Mantenernos vivos, seguros, a salvo de toda amenaza. Por eso el cerebro nos regula y dirige la gran orquesta de nuestro cuerpo y hace funcionar todos los sistemas. Todos. Los más simples y los más complejos. Por eso, también, es el cerebro el que nos advierte de los peligros externos que puedan amenazarnos. Es una máquina que todo el tiempo está escudriñando la realidad para detectar problemas, riesgos, peligros. Y nos avisa.

A pesar de las diferencias logísticas y de inversión que puedan darse, en estas circunstancias electorales será lo que se llama “opinión” aquello que marque la diferencia. Es decir la capacidad de decidir con un criterio cerebral, basado en la minimización de riesgos. El cerebro no se apaga en campaña electoral, sigue allí, en cada elector. Cumpliendo su misión. Protegiendo. Detectando problemas. Esquivando peligros. Sigue allí, sigue funcionando del mismo modo. Evaluando el discurso de los políticos. Sus palabras. Sus gestos. Su publicidad. Su música. Sus colores. Escaneando como un vigilante incansable.

¿Qué busca en los políticos mientras los escanea? Riesgos. Busca posibles amenazas, para poner al votante a salvo. No busca beneficios ni promesas. Busca peligros. Y cuando los encuentra enciende una luz roja que destella. Que le avisa al votante: ¡cuidado! Que le genera una emoción negativa frente al candidato. Y el votante escapa. Solo achicando riesgos se sobrevive al escaneo. Es casi el primer mandamiento de una campaña electoral. Minimizar, eliminar si es posible los riesgos que puedan afectar al elector.

Aquí funciona lo que seguimos llamando superficialmente el voto de opinión. Es decir el de criterio, que se hará buscando escapar del mayor número de riesgos. Pero existen las amenazas. Y muchas. Entonces el cerebro trabaja para tomar una decisión que reduzca el margen de peligro para votar al candidato que perciba como menos riesgoso, menos ostentoso y que no ofrezca demasiado generando desconfianza. Responde a una lógica de comportamiento cerebral, que difícilmente podría ser alterada por otros factores, a pesar del riesgo.

 

Apostilla: “Ningún hombre es lo bastante bueno para gobernar a otros sin su consentimiento.” Abraham Lincoln 

Por: Fabio Arévalo Rosero MD   

 

 

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