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Jueves, Diciembre 21, 2017 - 17:56

Tendría ya unos ocho años, pero aun conservaba intacta la inocencia de la Navidad y creía en el Niño Dios. Por ello aquella Navidad me propuse conocerlo en persona para agradecerle unas pocas cosas y reclamarle muchas otras decepciones. Mis padres intentaron dormirme de mil maneras, aunque el sueño me venció a la media noche. No olvidaré jamás aquella mañana de Navidad, mi decepción fue mayúscula no encontré casi nada en el pesebre. Si el Niño llegó fue solo a verme y no había respondido mi carta.

 Pero aquel día un sueño extraño llenó mi corazón de dudas. Algunas lágrimas mostraban mi tristeza. Mis padres no tenían buena situación económica, estaban mal, mis hermanos muy pequeños se alegraban con una pandereta y un sonajero. Me senté en el borde de la cama y seguí llorando, mientras recordaba al ángel que en mis sueños me había dicho algo que no podía creer y que me había quitado la ilusión de niño. Por eso mi llanto y mi tristeza esa mañana de 25 de diciembre. Con su dulce voz de ángel había dicho: “Me extraña que a tu edad no lo sepas: el Niño Dios y Papá Noel no existen, son los adultos, generalmente los padres, los que compran los regalos”.

 Después de levantarme y para evadir un poco la tristeza salí a caminar y me encontré con muchos niños jugando en las calles y comentando entre ellos los regalos recibidos, que por cierto eran hermosos. ¡Claro!, pensé, los padres de estos niños tienen dinero suficiente para comprárselos. Seguí andando, sin rumbo fijo, y así pasé por un barrio más pobre, por el hospital, el parque y vi que todos los niños tenían algún juguete entre sus manos. Los sentimientos eran similares en todas partes. Padres e hijos del barrio rico, la plaza popular o el hospital llevaban en sus rostros la misma expresión de felicidad, sin relación con el valor material de los regalos, se reflejaban en sus miradas la emoción, la alegría, el amor. Fue entonces cuando mis labios volvieron a sonreír.

 Esperé la noche para hablar con el ángel de mis sueños y cuando llegó le conté lo que había visto. Me escuchó con atención. Sonriente, cariñoso y juguetón como siempre, me dijo: “Mientras haya gente buena, corazones abiertos, personas que amen a los niños, a las que nos les importe el color de la piel o la posición social, el Niño Dios, Papá Noel o los Reyes Magos seguirán llegando, ellos jamás dejarán de venir”. Empecé a tener otra idea sobre el significado de los regalos y el bondadoso sentido de la Navidad.

 A lo mejor ya estaba por volver a la dura realidad, cuando la mirada dulce y la risita sonora de mi ángel se fueron apagando, mientras se elevaba hacia el cielo. Yo me quedé mirando cómo se perdía en la noche y entonces me pareció ver entre las estrellas las siluetas de los Reyes Magos y de Papá Noel que se alejaban con las bolsas repletas de cartas ilusionadas. … una de aquellas cartas era la mía.

 

Fabio Arévalo Rosero MD         

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