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Domingo, Febrero 25, 2018 - 15:50

En fin, la inseguridad en Colombia se volvió estructural; es difícil confiar en los comicios, en la policía, en los taxistas, en los jueces

Colombia es un país insufriblemente inseguro, y lo es en casi todo. Andar por la calle es normalmente peligroso, subirse a un bus, viajar por una carretera. Los colombianos estamos constantemente expuestos a manifestaciones de violencia de diverso tipo, al raponazo o al atraco, o simplemente a las hostilidades (que pueden volverse muy graves) de un conductor estresado.

Pero la inseguridad del país no se limita a ese estado crónico del atentado personal; va más allá, hace parte de la vida nacional, está metida en la cultura, en la economía, en la justicia, en la salud, insisto, en casi todo, y eso tiene consecuencias.

Existe inseguridad en el trabajo: los colombianos en su mayoría saben que son poquísimos los cargos públicos o privados que ofrecen condiciones de estabilidad razonables para los trabajadores. A manera de ejemplo, pensemos que más de 250.000 personas en el sector público y más de 800.000 en total, están vinculadas “laboralmente” mediante los contratos de Prestación de Servicios (OPS), bien por un año, o seis, tres y hasta por un mes. Estos contratos no incluyen vacaciones, ni licencias de maternidad, ni incapacidad. Como decía un artículo de un diario nacional hace unos días sobre las tales OPS: “Su calidad de temporal y ocasional se ha dejado de lado y es utilizada para cumplir funciones permanentes de la administración pública que ameritan dedicación exclusiva. Todo bajo un régimen precario propio de la contratación civil y no de condiciones y garantías laborales mínimas”.

Los gremios anunciaron a finales del año pasado que el contrabando, el lavado de activos y el fraude aduanero le cuestan al país más de un billón de pesos al año en impuestos que no se recaudan, y que serían generadores de más de 180.000 empleos nuevos que contribuirían con el freno de fenómenos de delincuencia e inseguridad.

La inseguridad en temas de salud es aterradora. Mientras los hospitales permanecen abarrotados de pacientes mal atendidos o sin atender, la Fiscalía General de la Nación se pronuncia diciendo que “considera que el tema de la corrupción hizo metástasis y está en riesgo el sistema general de salud del país”. Ya se conocen públicamente los que se han dado en llamar los “carteles de la hemofilia, del Síndrome de Dawn, del Sida, y los nuevos carteles de las gafas y de los tratamientos odontológicos”. La Fiscalía encontró además redes en las EPS que se quedan con la unidad de pago por capitación reportando usuarios fallecidos, recobros por servicios que no están en el Plan Obligatorio de Salud, pero que en realidad no se hicieron, o inversión de los recursos públicos en planes que no tienen que ver con este servicio.

En fin, la inseguridad en Colombia se volvió estructural; es difícil confiar en los comicios, en la policía, en los taxistas, en los jueces, en los anuncios por televisión, en los noticieros, en las leyes y en las sentencias, en los propios billetes y en los bancos. Y ni que decir de los políticos, esos y los partidos políticos están ya hace años en la cúspide del descrédito no solo nacional sino mundial.

Un ambiente así es corrosivo para la sociedad; la sensación de inseguridad en lo exterior, precedida por unas condiciones en las que nada de lo que nos rodea resulta ser trasparente o fiable, se reflejan inevitablemente en lo íntimo, en lo interior.

La incertidumbre que proviene de un modelo difuso, inestable y agresivo, da origen a la desesperación de los individuos, atenta contra su salud física y mental y convierte a las personas en sujetos capaces de hacer cualquier cosa y en cualquier momento, así sus acciones vayan en abierta contravía del bien común y aún en contra de sí mismos.

Los colombianos cada día que pasa nos acercamos más a un punto de inflexión en nuestra historia. Estamos en medio de tormentas intensas y de cambios súbitos que se suceden a cada momento. Es urgente remplazar estas estructuras anacrónicas que nos mantienen atados a la cultura de la violencia, del más vivo, a la prisión insolidaria del menos compasivo, al temor que genera el ingenio con que avasalla el más rapaz.

Pero esta no es una tarea para políticos, es una responsabilidad de todos. Hay un refrán popular que resume el momento: “Un pájaro posado en un árbol nunca tiene miedo a que la rama se rompa, porque su confianza no está en la rama, sino en sus propias alas”.

Por Miriam Martínez Díaz

@PazAportes

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