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Las palabras invitan al juego y son alquimia para darle formas concretas a la imaginación y la creación humanas

Dicen los ancianos Guaraní, que palabra y alma se dicen de la mima manera. “Ñi’e” significa palabra y también alma. “Si te doy mi palabra te doy mi alma. Si esta es mi palabra este soy yo…de mi pueblo”. Hablan los ancestros.

Y es cierto, cuando damos la palabra, damos de nosotros mismos, incluso cuando mentimos. La complejidad de la palabra no solo radica en la multidimensionalidad de sus formas y de sus alcances, ni siquiera en la infinitud que adquieren en las lenguas la gramática y la fonética, o la estética o lógica con que se ordenan las frases y las palabras al compás de la puntuación. No. No solo radica en eso, que aún cuando es muchísimo y representa tanto en la evolución y la cultura universal, no abarca, ni explica, ni completa el contexto integral de su origen, de su formulador, de sus intenciones, de su solidez, del valor con que se pronuncian o del respaldo honesto o impío de quien las lanza al viento o de quien las consigna en un papel cualquiera o simplemente de quien las usa solo para darle una razón sencilla a un vecino de la casa que habita.

Gracias a las palabras, la sociedad humana logró alcanzar una interacción tan profunda y compleja entre sus semejantes; las palabras le dieron carácter cósmico a la romanticidad con la poesía y la novela, y completaron su obra permitiendo que ideas, sentimientos y música se conjugaran esplendorosamente.

Las palabras invitan al juego y son alquimia para darle formas concretas a la imaginación y la creación humanas. No alcanzan mil columnas para describir todo cuanto nos han prohijado las palabras que pronunciamos o pensamos cada segundo en nuestras mentes.

Pero con las palabras también se engaña y se causan heridas. Con las palabras se miente, se construyen ideologías para envolvernos con cuentos chinos y convertirnos en militantes de la nada, porque lo que no somos capaces de entender por nuestra cuenta, con nuestro entendimiento y experiencia, es sencillamente la nada.

Es andar detrás de otros por un espejismo, atrapados por la quiromancia de los estafadores de todas las especies y de todos los estratos.

Con las palabras hay quienes justifican la discriminación mientras otros profieren condenas a quienes consideran distintos porque se salen de los estereotipos creados también por las palabras. A través de la palabra la sociedad moderna lo vende y lo compra todo, hasta lo más sagrado y emblemático como la dignidad.

La sociedad humana está erigida sobre las palabras. Su valor es tan infinito, que debería decirse, haciendo justicia, que no lo tiene, que va más allá de nuestro entendimiento.

Si algún día llegáramos a convertimos en verdaderos seres humanos, si pudiésemos en ese sentido elevarnos más allá de nuestros instintos por la depredación, la codicia y la vanidad, y todo ello dando respuesta a la responsabilidad que nos impone ser las únicas criaturas con conciencia de sí mismos en el universo conocido, entonces recobraríamos para siempre el “valor de la palabra”.

La palabra alcanzaría la categoría que se merece. Con ella se forjaría una democracia real; se entenderían las consecuencias positivas hasta el extremo que se derivan del hecho de ser honestos y trasparentes y de tener el valor de decir lo que pensamos; los políticos no volverían a poner vallas en las calles, abandonando ese ánimo de engañar a los demás diciendo y mostrando lo que no son para ganar unas elecciones; los acuerdos, las promesas, los reclamos y los compromisos se cumplirían, y su valor intrínseco reposaría en el valor de la palabra, porque se entendería que cuando se vive en una sociedad de certidumbres y confianzas entonces existe futuro y planificación y por tanto el bien común se vuelve el denominador común de la conducta humana.

Bien dicen los Guaraníes, las palabras tienen dueños, cada palabra que pronunciamos es parte de su propietario, parte de su alma: Cada palabra que sale de la boca de alguien habla sobre su autor, sobre sus principios, sobre sus intenciones, sobre sus intereses, sobre sus sentimientos.

Si algún día volviésemos a confiar en la palabra y esa confianza se convirtiera en patrimonio universal, entonces se abriría de nuevo el camino a la armonía, a la coherencia y a la lealtad. Amanecerá y veremos.

Por Miriam Martínez Díaz

@PazAportes

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