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Martes, Agosto 9, 2016 - 10:25

Las condiciones sociopolíticas de Colombia son sui géneris, nos quedamos estancados en décadas de evolución. En los años 60 se vivía un ambiente de cambio a raíz del triunfo de la Revolución Cubana; y bajo ese influjo surgieron en nuestro país los grupos guerrilleros con la firme convicción de que, emulando el proceso cubano, el triunfo iba a llegar al poco tiempo.

Pero no fue así. La lucha emprendida por Fidel Castro y un grupo de jóvenes llamados los barbudos, contaba con el respaldo del pueblo, puesto que estaban viviendo una terrible dictadura ejercida por Fulgencio Batista. Las injusticias vividas por el pueblo cubano de aquel tiempo llevan a que la población urbana y rural decida sumarse a la revolución.

El proceso de la lucha armada para tomarse el poder en Cuba duró apenas 6 años, mientras que en Colombia los grupos insurgentes con el mismo propósito llevan 52 años; y bajo esta sombra de violencia han surgido múltiples generaciones que no saben lo que es vivir en paz.

El problema fundamental en Colombia es que la insurgencia fue perdiendo la base social que en alguna oportunidad la tuvo; y si no cuenta con el apoyo de los sectores populares por quienes justifican su accionar, no es posible que continúen hablando de revolución y de la toma del poder; con el agravante de que la guerrilla colombiana a pesar del gran número de miembros (16 mil y cerca de 100 frentes de las Farc en los años 80) tuvieron una gran fortaleza militar pero debilidad en términos políticos que los lleva a formas non sanctas de financiación como el secuestro, los cultivos ilícitos, las extorsiones y las afectaciones a la población civil.

A ello se le suman acciones de tipo militar con el uso de armas no convencionales, como cilindros-bomba que no tienen precisión; sumado a otras armas y munición de carácter artesanal que han causado muerte y destrucción de la población civil. Esto hizo que el conflicto armado se degradara a tal punto que, tanto las fuerzas del Estado como las irregulares, acudieran a formas crueles de combatir a su enemigo.

Pero hasta la guerra tiene su reglamentación, y ésta está contemplada en los Convenios de Ginebra que permite proteger  a la población civil y brindar atención a los combatientes heridos. De igual manera el respeto por los organismos internacionales y la misión médica. Lo sucedido en Colombia no tiene parangón alguno en la historia del mundo.

Es por ello que con urgencia colombianos preocupados por el bienestar y la tranquilidad de nuestra nación queremos contagiar ese propósito de que las cosas cambien para bien, para cesar ese desangramiento; para que las familias de los estratos populares dejen de aportar a la guerra los jóvenes que nunca volverán o que regresarán mutilados. Eso es lo que no queremos que se siga repitiendo en el día a día. Que las noticias no provengan de las escenas de muerte.

Se estima que en el tiempo que lleva el conflicto social y armado de nuestro país se han producido 8 millones de víctimas mortales, prácticamente la población de Bogotá. Cifra tan enorme como para fundar una nueva nación; sin calcular las pérdidas materiales y las cifras económicas que se dejaron de percibir por ahuyentar la inversión nacional y extranjera.

Toda esta tragedia más la guerra desatada a través de los medios de comunicación en contra de los grupos insurgentes conlleva a la alienación y al fortalecimiento de la institucionalidad, así esté desprestigiada y corrupta, a que las simpatías por estos movimientos se reduzcan, y, por el contrario, reciban odio e intolerancia, que hace previsible que sea difícil su actuar político en la civilidad.

Aníbal Arévalo Rosero.

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