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Estas frases son de uso común y bien pueden tomarse como muestra del talante negociador propio de la mayaría de colombianos: “Aquí mando yo”, “a papaya dada papaya partida”, “hecha la ley hecha la trampa” y “el que parte y reparte se lleva la mejor parte”.

Pero la pregunta que pone en tela de juicio la calidad moral del negociador aunque parece no importar, pues la respuesta se supone obvia ante tantos ciudadanos exitosos, no puede dejar de formularse porque no se conoce una respuesta real a un interrogante que puede sonar un poco fastidioso, igual a como suenan todas esas preguntas que suelen dejarse resbalar por simple precaución, ¿qué tan buen negociador es el colombiano?

Si se tiene en cuenta el sentido estricto de la palabra negociar, lejos se encuentra el déspota de ser un buen negociante, pues bien se ve como el autoritarismo que se sirve del miedo para imponer las condiciones sobre las cuales supuestamente se va a realizar una transacción comercial o a buscar una solución para un problema que afecta a más de uno, solo le presta su servicio a aquel que demuestra poseer más fuerza y poder de amedrentamiento, tanto que con solo elevar la voz y golpear sobre la mesa o demostrar más garras, reduce la presencia del otro, lo apoca y termina poniéndolo a su servicio.

Claro que para el agresor este final es el apropiado para todo supuesto buen negocio. Esta ha sido la manera de cómo muchos han ampliado las fronteras de sus fincas, se han apropiado de las tiendas del entorno y han construido sus emporios comerciales, devorando literalmente al cliente y la competencia. ¿La depredación en los humanos es moral?

Sociológicamente se ha pretendido justificar la habilidad para el engaño como una herencia atávica más legada por ese antepasado pícaro que llegó de España a buscar sobrevivir en estas tierras a punta de embustes o cañeando. Acá se educa para no perder, todos desarrollan bien el sentido de la oportunidad, de uso indispensable en el momento de comprar o vender, de repartir y llegar a un acuerdo.

Pues desde niño el llamado constante es a ser avispado y avisparse no significa si no tomar la delantera o mantenerse expectante ante la posibilidad, siempre presente, de que el otro o los otros cometan un error, se tropiecen o simplemente muestren descuidarse un segundo, situación ante la cual siempre se le oye decir al espabilado “¡despierte mijo!”, mientras pasa empujando y por sobre el del enfrente.

Pues en esta manera de negociar poco o nada sirven las normas, las barreras legales y las demarcaciones físicas terminan siempre arrolladas, desdibujadas, porque recuerde que aquí al “camarón que se duerme se lo lleva la corriente”.

Más ahí donde “el que no corre vuela” porque pocos son los que aceptarían negociar con unos mínimos éticos y así evitar quitarle al otro más de lo que de verdad corresponde como resultado de una negociación honrada. Allí en la sociedad del regateo ninguna de las partes llamadas a conciliar quiere salir perdiendo y perder, aquí en Colombia, es no haber podido abarcar más de lo que se puede y se debe. ¿Qué tan moral es darle en la cabeza al otro por considerarlo tonto?

Pero no todos son autoritarios y timadores, los hay también que negocian, aparentemente, bajo la luz de los códigos, solo que, acorde a su manera de razonar, si la ley lo permite que puede hacer el hombre si no aceptar que así sea. Por lo que es fácil inferir que aquí el Derecho no es tan derecho y la profesión de abogado no consiste si no en saber encontrarle atajos a la normatividad, huecos por donde poder colarse con la justicia hacia el lado de lo ilegítimo y una vez ahí ponerla a trabajar en favor del interés particular o mafioso. ¿Qué tan moral es interpretar las leyes burlando su espíritu? 

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