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Domingo, Noviembre 26, 2017 - 16:15

Hace rato que andan juntos Uribe y Pastrana; y no es de extrañar, finalmente el primero ha sido quien haciéndose llamar liberal durante largos años de su vida política, ha representado mejor que nadie las tesis conservadoras, al punto de convertirse en una especie de Laureano Gómez moderno (bueno, lo de moderno es un decir), mientras que el segundo, godito sí desde un principio, no ha dejado de ser lo de siempre, aunque su liviandad ideológica y académica confunda a ratos y al público le cueste trabajo ubicarlo fácilmente en alguna parte.

Hace un par de días se oficializó el compromiso e hicieron pública incluso su declaración de principios. Que se hayan juntado estos dos personajes con fines proselitistas, reitero, no es nada raro, lo extravagante son todos los avatares que han discurrido antes del matrimonio.

A Pastrana de alguna manera lo eligieron las Farc, comenzando -para los que no lo recuerdan- por la famosa anécdota del reloj de su campaña que antes de las elecciones lució Manuel Marulanda en su muñeca. A lo largo de su gobierno -todo el mundo lo recuerda- atravesamos por el famoso proceso de paz en el Caguán del que tanto la guerrilla como el gobierno salieron absolutamente desprestigiados.

Los unos por utilizar sin reato “todas las formas de lucha” incluyendo el secuestro, la extorsión y el narcotráfico; y los otros, por cuenta de la improvisación, el populismo, la falta de rigor, y hasta por la ridiculez con que se manejaron y presentaron muchos de los hechos que rodearon lo que debía ser un tema serio y complejo como es la paz.

Refiriéndose a los resultados del gobierno Pastrana, el columnista Héctor Riveros nos trae a la memoria que: “recibió una tasa de desempleo de alrededor del 10% y la entregó en 16; la tasa de homicidios por cien mil habitantes era de 54 y al final del 2002 estaba en 64. En cualquier indicador de asuntos sociales, escogido casi al azar, durante ese período se registró un importante deterioro”. Y más adelante enfatiza: “Al inicio de su gobierno el número de miembros de la guerrilla se calculaba en 12.000, al final en 28.000. La fuerza militar de la guerrilla se había más que duplicado”.

De las hazañas de Uribe no voy a hablar, no es necesario, son más recientes e igual de conocidas y quizás aún más notables que las de su antecesor, solo que con los paramilitares.

Para finales del año 2002, justo cuando finalizaba el gobierno Pastrana y empezaba el de Uribe, se produjo una controversia muy interesante que tal vez haya pasado al olvido y que se suma a las numerosas curiosidades que anteceden a la nueva unión.

En el Congreso Nacional, un grupo de parlamentarios independientes había logrado la reforma constitucional mediante la cual se incorporaba al ordenamiento jurídico el Tratado de Roma de la Corte Penal Internacional. Aunque el Tratado había sido firmado a principios del gobierno Pastrana, su trámite de aprobación paradójicamente resultó muy difícil y tortuoso por la oposición del propio gobierno, por cuenta de que este no quería que el tema de la Corte Penal le entorpeciera sus relaciones con las Farc y no se lograra un acuerdo. Finalmente, el proyecto se impuso, y se incorporó el tratado por vía constitucional.

Tan pronto se surtieron las elecciones y Uribe fue electo y poco antes de asumir el poder, este le propuso a Pastrana -aún en ejercicio- que no iniciara la aplicación del tratado de inmediato sino que se acogiera a una excepcionalidad contemplada en el mismo por un período de siete años, pero esta vez porque él (Uribe), no quería que la Corte le entorpeciera el proceso de paz que tenía previsto, pero esta vez con los paramilitares. Pastrana irónicamente aceptó el encargo, por lo que la Corte no inició su aplicación sino hasta el año 2009.

Tal y como está escrito, esto es un revoltijo imposible de discursos y charlatanes. Lo que denominan estos “magnánimos” líderes políticos “declaración de principios”, no es más que la portada de un libro que esconde habilidosamente su contenido, para que los ciudadanos no nos demos cuenta que este no es otra cosa que el inventario de conveniencias de quienes hacen lo que sea y dicen lo que sea con el único propósito de levantarse nuevamente con el poder, cuéstele lo que cueste al país.

Mejorando la frase, la invoco otra vez con la esperanza de que algún día se cumpla: “O cambian o los cambiamos”.

Por Miriam Martínez Díaz

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