¿De cuál democracia me hablas viejo?

Ricardo Sarasty

Las campañas electorales nunca han sido en este país una señal de lo bien que se entiende el concepto de democracia. El solo escuchar los relatos de cuando la disputa por el poder se hacía, más que entre dos partidos, entre dos bandos y en los años 50 o de la violencia, como también se conoce, entre dos bandas la de los godos, pájaros o conservadores y la de los liberales o cachiporros.

Afirmar que el proselitismo electoral, se ha llevado a buen fin por virtud de los candidatos y de sus huestes es desconocer gran parte de la historia sociopolítica, siempre enmarcada por los intereses de las élites encumbradas en la dirección de los partidos y sus facciones. No en vano cada época presenta su o sus mártires que bien pueden considerarse víctimas del sectarismo y más que del sectarismo de la odiosa descremación social alentada de cualquier manera por una llamada aristocracia que si se conoce bien no corresponde ni de lejos al sentido etimológico de la palabra pues para ser aristos (los mejores) les falta mucho y como cracia o gobierno nunca han podido con tanta responsabilidad.

Aunque este es un país que se precia de tener una democracia fuerte gracias a su dirigencia política, no se puede creer completamente en ello porque lo contado por la historia no oficial muestra un país en el que los líderes contrarios al ideario defendido por una clase social dogmática y clasista han tenido que hacer valer su derecho a participar en la competencia por el gobierno y con valentía mantenerse firme al frente de sus luchas hasta cuando se les permitido hacerlo.

O sea, hasta cuando han comenzado a ser señalarlos por los que ostentan el poder como peligrosos para la democracia, aunque lo que se ha evidenciado es que, si son una amenaza, no lo son por motivos diferentes a estar en contra de las desmedidas ambiciones de esa dirigencia gobernante. Así sucedió en los comienzos del siglo XX con Rafael Uribe Uribe a quien le partieron la cabeza con sus hachas dos humildes campesinos mientras atravesaban la plaza de Bolívar, rumbo al Senado en donde iba a debatir sobre la ley que les reconocía a los trabajadores el derecho a la protección laboral. 

Solo 34 años después otro líder no perteneciente a las élites que han gobernado a Colombia volvería a ser puesto entre los adversos a lo que la dirigencia tradicional adora en sus altares como democracia, aunque por lo mismo no lo sea, porque no ha estado ni estará cerca y al servicio del pueblo.

Como lo demostró y por ello fue asesinado Gaitán. Pues no solo se opuso a continuar permitiendo que sean los mismos los que se turnen en el poder para ser los únicos favorecidos por todo cuanto en él se pueda llegar a tener, sino que tuvo la osadía de hacerlo enalteciendo los rasgos físicos propios de aquellos a los cuales la gente de bien despectivamente siempre han llamado indios y considerado parte de su servidumbre.

Jorge Eliécer Gaitán, no obstante, supo hacerse escuchar al frente de los descamisados, los sin tierra y marginados, el pueblo que él llamaba y al cual la oligarquía siempre ha utilizado como mano de obra y grey, mas nunca ha reconocido como dueña también de este suelo patrio.

Como se ve en este modelo de democracia el discurso del odio no ha provenido del lado de los discriminados. Así traten de mostrar que lo es ahora cuando los siempre marginados hablan y son escuchados pese al temor que por hacerlo puedan padecer los mismos vejámenes que sus antepasados soportaron.

Como a los afrodescendientes se los recuerda Saturio Valencia, supuestamente el último colombiano en ser condenado a pena de muerte oficialmente.

Por: Ricardo Sarasty.

 

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