Entre la verdad y la hipocresía

P. Narciso Obando.

Al leer los Evangelios nos encontramos con un Jesús bondadoso, que acoge a todos los pecadores, y que, sin embargo, no tolera a unos hombres con los cuales está en lucha frontal: Son los escribas y los fariseos, a quienes llama con una palabra que, desde Jesús, se ha convertido en uno de los vocablos más odiosos del diccionario, como es la palabra ¡Hipócrita! Desde entonces, llamar a una persona ¡hipócrita! ha venido a ser un deshonor y la mayor vergüenza.

La hipocresía es la mentira utilizada para aparecer ante los demás bueno y noble escondiendo toda la maldad que se lleva dentro.

Como tenemos conocimiento a través de los Evangelios, los fariseos, eran de gran influencia en el pueblo, formaban un partido religioso-político que oprimía a la gente humilde con capa de santidad y de fidelidad a la ley de Dios, mientras que ellos se las sabían arreglar de mil maneras para librarse de lo que les exigía esa misma ley dada por Moisés. Los escribas eran los intérpretes de la ley y brazo derecho de los fariseos. Unos y otros vivían en la mentira, procedían con doblez, y exigían con rigor insoportable la observancia de una ley, que ellos no querían guardar.

La mejor definición de los escribas y fariseos la dio el mismo Jesús cuando los llamó “sepulcros blanqueado”, muy bonitos por fuera pero por dentro llenos de podredumbre.
Como es lógico, pronto vino el enfrentamiento de los escribas y fariseos con Jesús. Era imposible entenderse la mentira con la verdad, el rigor con la mansedumbre, la justicia despiadada con el perdón misericordioso... Y Jesús, al denunciarlos ante el pueblo, usó siempre la expresión ¡Hipócritas!

Jesús no soportaba la hipocresía porque ésta es la falsificación de la vida, la perversión del pensamiento, la profanación de la palabra. Al mentir, el hipócrita quiere pensar como habla, y vivir después como piensa, es decir, siempre en contradicción con la verdad.

El hipócrita y mentiroso no puede esperar nada de nadie, porque se le rechazará del todo. Todo lo contrario le ocurre a la persona sincera. Quien dice la verdad siempre, aunque le haya de costar un disgusto, se gana el aprecio de todos y todos confían en ella. Es el premio del sentir, vivir y decir la verdad.

Quien nunca dice una mentira y confiesa siempre la verdad, y vive conforme a sus convicciones, es la persona más libre que existe. No oculta nada. Es transparente como el cristal.

Sentimos sincero aprecio por aquel que dice y vive siempre la verdad. Porque es todo un hombre o toda una mujer. Nos fiamos de su palabra. Le tenemos por el ser más valiente y digno de respeto.

La verdad, como dice Jesús, hace libre al ser humano, y nos demuestra tener un corazón y unos labios tan limpios como el niño que aún no ha dicho la primera mentira.

Por: Narciso Obando López, Pbro.

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