Anibal Arévalo

Después de siete meses de campaña, se cierra un ciclo maratónico en el que se hicieron cientos de discursos, unos populistas y sin el talante que requiere el debate político, otros emotivos y sin propuestas serias, pero también se vio el discurso fluido, resultado de la experiencia y la preparación. Pero lo que sí tenemos que rechazar es el leguaje rastrero que lo mantuvo uno de los candidatos de principio a fin, junto con ello el engaño. No podemos tolerar que la política se reduzca a la humillación del pueblo colombiano con la manipulación del empleo.

Lo importante es abandonar el fanatismo y darnos tiempo de analizar el contenido de los discursos, y si de verdad son realizables o solo son palabras para exacerbar los ánimos en contra del contendor político. De igual manera, no debemos esperar que nuestra concepción se haga por terceras fuentes. Estas personas interpretan a su antojo lo que dice el político; ya hay un tamiz que le quita las semillas y deja pasar la pulpa. Pero esa filtración depende del tamiz por el que se pase. Pero a ello le agregan el grado de simpatía o aversión que tiene el que escucha con atención o mediana atención el discurso.

 

En este asunto de la política sigue imperando la estrategia de la entrega de mercados, los tamales o últimamente las hamburguesas. Esto es deplorable, entregar el poder que tiene el pueblo colombiano a cambio de una comida barata, para que otro disfrute los dineros mal habidos. Como el pasaje bíblico que narra que Esaú entregó su herencia por un plato de lentejas. Es malbaratar el patrimonio de la nación por un momento de euforia o porque preferimos las mentiras aplaudidas por un comité preparado con tal propósito.

Esto nos permite inferir que es el electorado, no solo el cómplice, sino el más corrupto; pues teniendo el poder en sus manos, prefiere entregarlo al gamonal incompetente, al narcotraficante, al mafioso, al corrupto, al inexperto, que lo único que busca es enriquecerse, así repita mil veces que lo hace por servir. Estos son tan cínicos, que cada dos años le están repitiendo al pueblo que le han hecho un gran favor. Y nuestro propósito es romper ese círculo vicioso.

Insistimos en que el discurso elegante y veraz debería ser el mayor motivador del electorado, pero así no sucede. El discurso emocional puede causar más impacto entre ciertos sectores de votantes. A algunas personas les gusta que se utilice un lenguaje informal en público, quizá porque a través de la vía gubernativa no se alcanzan resultados. Entonces, la gente se siente satisfecha que al político se lo agravie en público.

Otro factor que define el voto es la anti política. Es decir, no votar por aquellos candidatos que han participado en otras elecciones desde tiempo atrás, que no son confiables o porque se ha dejado de creer en el político que viene haciendo carrera. La exacerbación es un juego que lo propician los políticos que basan su campaña en un solo tema; lo repiten ante cualquier pregunta, desviando el propósito central. Ser monotemático puede arrojar sus resultados, es un mecanismo que lo vienen empleando los políticos en cualquier escenario. Es una práctica tan antigua que viene desde la Segunda Guerra Mundial, con un experto en el discurso, como lo fue Adolf Hitler, quién lograba conmover en torno al odio a los comunistas.

En Colombia es hora de pasar esta página oscura que se han encargado de escribir las castas de colonialistas y latifundistas, de señores feudales, que se creen dueños de la fuerza de trabajo, y por lo tanto les tienen que obedecer su voluntad. Es decir, el empleador es el que define el voto, y, en últimas el que define la política del país; por lo tanto, del medio ambiente, la minería, el empleo, las pensiones, la salud, la educación y todos los asuntos comprometidos con la política pública.

Ha llegado la hora de la verdad, de tomar los asuntos públicos en nuestras manos; es el momento de implorarles a ciudadanos y ciudadanas que actúen de manera responsable: o nos vamos con el discurso populachero o asumimos la responsabilidad de elegir a un líder con trayectoria, por encima de las mentiras que esgrimen los gobiernistas feudales.

Por: Aníbal Arévalo Rosero

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