Llevamos un policía en el recuerdo
Ricardo Sarasty

En Colombia de la clase media para abajo, población que se cuenta como la mayor parte del país, todos tenemos un policía como amigo o familiar cuando no a los dos. Pues desde su creación fue una solución a la búsqueda de un empleo que garantizara estabilidad económica, hasta no hace muchos años, sin exigencias académicas altas al menos para conformar parte de la tropa. Bastaba eso si comprobar comportamiento idóneo y buena salud física y mental. Bien recuerdo las épocas en las cuales compañeros del colegio cuya edad rondaba los 18 dejaban de estudiar para ir a probar suerte como policías en tanto que les urgía ganar dinero rápido, no todos se quedaron pero si los hay que luego de cumplir con los 20 años de trabajo se jubilaron jóvenes por lo que aprovecharon el tiempo para continuar los estudios y capacitarse en el desempeño de las actividades que hoy los ocupa.

Aunque deben de existir los de vocación, lo que se percibe desde la experiencia como familiar, amigo y profesor de policías hoy, es que el ser agente de policía es aún una solución a la necesidad personal de encontrar un trabajo con una remuneración segura y la de ahora mucho mejor que la de sus antecesores. Lo que ha convertido la Policía Nacional en la mayor fuente de empleo oficial a donde los jóvenes ambicionan llegar. Solo que desde los años finales del siglo XX exigidos a cumplir cada vez como requisito con más preparación académica pues deben comprobar el haber completado los estudios de bachillerato. Pero lo se diferencian de sus antecesores el mostrarse ajenos de la vecindad, quizá se deba a que al policía se lo ha sacado de ella, literal y metafóricamente para convertirlo en combatiente, haciendo a un lado su carácter cívico.

Todavía recuerdo a los vecinos Garzón, Guerrero, Salazar y Rosero, que no fueron los únicos, compartiendo con y sin uniforme de agentes actividades comunales con lo aprendido durante su formación como policías, así contribuyeron a generar ambientes de convivencia en el barrio. No me olvido aun de cuando detrás de un teatrino uno de ellos les daba vida a los títeres para divertirnos durante la tarde de un sábado. Allí estuvieron con picos, palas, carretas y cargas grandes de ánimo para darle forma al parque infantil hombro a hombro con los otros adjudicatarios del barrio. Uno los veía salir a trabajar o llegar del trabajo en sus bicicletas y el uniforme si bien los investía de respeto no asustaban, en ocasiones nos los encontrábamos en el ejercicio de sus funciones y los saludábamos y nos saludaban. Bien sabíamos que eran policías y que su trabajo ahí consistía en cuidarnos o sea ayudarnos en caso de alguna dificultas o accidente.

Creo que fue una noche, durante el tránsito de la niñez a la adolescencia, cuando oí la noticia que entristeció a todos los de la cuadra, al agente Ibarra lo mataron mientras prestaba servicio en un puesto de policía por allá en uno de los municipios en donde se había alterado el orden público. Después de la fatídica noticia de la muerte del agente Ibarra llegarían otras más, cada vez de policías más cercanos a nuestros afectos: amigos de la niñez, familiares en cualquier orden, compañeros que un día ya no volvimos a encontrar en los salones de clase ni en la calle. El país que ya venía de otras violencias comenzó a enfrentar la agudización del conflicto armado y la guerra al narcotráfico más las guerras entre grupos de mafiosos. Situación que llevó a mover al policía del lugar donde prestaba servicio al terreno del combate para dejar de ser el policía amigo y comenzar a ser víctima del fuego enemigo.

Por: Ricardo Sarasty.

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