Los desaparecidos
Luis Eduardo Solarte Pastás

En Colombia se acaba de dar a conocer el primer capítulo del informe final de la Comisión de la Verdad intitulado: “Hay futuro si hay verdad”. Allí, se incluyen los hallazgos encontrados y las recomendaciones sobre el impacto de las distintas formas de violencia empleadas contra la población civil en medio del conflicto.

En el citado informe “aparecen relacionadas las cifras de masacres, una extensa lista ejecuciones extrajudiciales, asesinatos selectivos, desaparición forzada, secuestro, violencia sexual, amenazas, reclutamiento de niños, niñas y adolescentes; desplazamiento forzado, despojo, entre otras formas de violencia”.

Según la Comisión de la Verdad, la desaparición forzada está estrechamente relacionada con “la afiliación política o social de las víctimas”. Y, agrega, que “con el ocultamiento del destino y paradero de los desaparecidos, se enviaba un mensaje de terror tanto a los sectores a los que pertenecían estas víctimas como a sus familias”.

Sobre el particular vale recordar que esta práctica de terror, “habría iniciado a finales de los setenta, especialmente durante el gobierno de César Turbay Ayala, cuando desaparecieron varias personas en medio de una estrategia contrainsurgente”.

Los datos recogidos y analizados por la Comisión de la Verdad hablan de 121.768 personas desaparecidas entre 1985 y 2016. Pero pueden ser más. Y los grupos armados ilegales, principalmente paramilitares y guerrillas, así como agentes del Estado, son los responsables de miles de desapariciones.

Lastimosamente, la inexactitud de las cifras es una de las consecuencias perversas de la desaparición; pues, habrá personas que no tengan quién las reclame, porque todos sus allegados han sido desaparecidos, o porque los que quedan viven aterrorizados, o porque la persona estaba sola en el mundo.

Así las cosas, no nos olvidemos jamás que como una consecuencia de la guerra absurda y sin nombre que todavía padece Colombia , todos caminamos sobre fosas comunes que no se sabe a cuántos cadáveres albergan.

Cuando muere un ser querido entramos en el necesario proceso de duelo. En cambio, con la desaparición el duelo se complica por la angustia que causa la incertidumbre de no saber si la persona está viva o muerta, o quién fue su verdugo y en dónde está su cuerpo. 

Por todo ello, difícil imaginar una pena mayor que la de una madre que todos los días durante años se levanta y acuesta pensando si su hijo desaparecido estará muerto o aún, gracias a un milagro que su corazón aguarda, seguirá con vida.

En el país tras el acuerdo de paz firmado con una parte de las Farc, los familiares de los desaparecidos pensaron en que tenían una luz de esperanza para dar con el paradero de sus allegados; sin embargo, no ha sido así. La incertidumbre por no saber qué pasó con ellos, los sigue atormentando día y noche, mientras el tiempo sigue su incontenible curso.

Frente a esa ambigüedad entre la presencia y la ausencia sostenida del ser amado, las víctimas sólo quieren “conocer la verdad de lo sucedido con sus parientes o amigos porque esto es una forma de sanar, de cerrar heridas abiertas durante años de duelos inconclusos y aflicciones que los consumen en vida”.

Por: Luis Eduardo Solarte Pastas

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