Los monos de Caballero

Ricardo Sarasty

La calidad de escritor en Antonio Caballero es indiscutible, así lo han reconocido hasta sus más enconados adversarios. Hijo y sobrino de dos grandes de la literatura y el periodismo como lo son su padre Antonio Caballero Calderón y el siempre bien recordado Lucas Caballero Calderón, más conocido por su seudónimo KLIN, no supo hacer cosa diferente que mantener ese sello de calidad pero con su propia impronta, por lo que  la literatura colombiana  cuenta con 3 grandes caballeros: el de “El Cristo de espaldas”, el de “Epistolario de un joven pobre” y el de “Sin Remedio” novela que marca un hito en la escritura de la segunda mitad del siglo XX, cuando se puede hablar de la Bogotá urbana en el marco de una situación social y política determinada por los movimientos generados en torno a la revolución Soviética, China y Cubana que llevaron a generar  la reacción de la parte del establecimiento defensora de las tesis del capitalismo y de la tradición religiosa proclive también a esas tesis.

Como novelista Antonio Caballero solo tuvo que escribir Sin Remedio para quedar entre los grandes de la literatura colombiana, del continente y del mundo hispano hablante. Como periodista sus crónicas son igualmente la muestra de cómo escribir haciendo gala de una prosa bien medida, sin caer en la tentación de lo farragoso. Como también lo fueron sus columnas de opinión las cuales siempre dieron en el blanco, sin derroche de recursos y con un léxico que le permitió llamara las cosas por su nombre, ir sin rodeos hacia la presentación de las ideas y los argumentos, demostrando siempre respeto por lo que no se observa en cualquiera de sus escritos, ni si quiera el asomo de lo procaz, aunque incomodaba, causaba roncha, disgustaba y a más de uno pudo vencerlo en franca lid, con gallardía. Demostrando que cuando hablaba sabía bien lo que decía y por qué.

La otra faceta de Caballero es la del caricaturista, oficio en el que también queda entre los mejores que han pasado por la prensa de este país. Porque, aunque desde la colonia se cuenta con insignes artistas que convirtieron su trazo de pulso firme, en medio para dejar impresa su visión del momento, también es cierto que no todos logran trascender. Porque o el dibujo o el comentario que lo acompaña no permitieron que su viñeta formara parte de las memorias de todo lo acontecido bajo este cielo y sobre esta patria. Estas razones se cumplen en los monos, como llamo el mismo Caballero a sus dibujos, y hoy son otra muestra de su talento. Ahí están para que en cualquier momento puedan ser vistos y disfrutados cada uno de sus monos sacados de la idiosincrasia colombiana, como el agente de policía que se viste con casco, botas y escudo para decir luego “no es que sea muy cómodo, pero así no nos toca pagar matrícula para entrar a la universidad” caricatura publicada en la Revista Alternativa de la que fue fundador con Gabriel García Márquez, Enrique Santos Calderón y Orlando Fals Borda.

Luego llegarían a acompañar al policía, el narcotraficante a quien lo dibujara con los rasgos fisonómicos de Pablo Escobar, inmortalizándolo, como prototipo del mafioso vestido con guayabera, bermudas o bluyín, sobre una hamaca bebiendo o a horcajadas sobre una montaña de billetes, disparando al aire mientras exclama “Pero sigo siendo el rey”.

También están los monos del rico siempre con vaso de whisky, el desplazado de los semáforos, la señora pobre junto a la pimpina de agua y la del político que también toma whisky y a veces dice “mientras más ricos somos los políticos más pobres es el país”.  Antonio Caballero se fue de este mundo, pero nos dejó sus virtudes.

Por: Ricarso Sarasty.

Category