Raúl Ramírez

Ricardo Sarasty

Corren los primeros años de la década de los 70, aún se escuchan las consignas de los estudiantes del mayo del 68 en París y resuenan las botas que masacraron a cientos de jóvenes en la plaza de Tlatelolco el 2 de octubre del mismo año en México. La degradación de la guerra en el Vietnam y sus fatales consecuencias ha puesto a la juventud gringa a exigir hacer el amor y no la guerra, mientras en Colombia la oligarquía se roba las elecciones para presidente y termina imponiendo a su candidato ante el desasosiego de un pueblo que salió a votar en contra de todo el andamiaje armado por los partidos tradicionales para mantenerse en el poder otro siglo más, pese a la violencia mediante la cual se había hecho al poder y mantenido en él desde la independencia.

En Pasto, la hasta ese momento reconocida ciudad teológica, en esta villa que tenía como signo sagrado el haber sido fortaleza de los defensores de la monarquía, pero también rebelde porque en ella se gestó la primera rebelión en contra de la corona liderada por Don Gózalo Rodríguez de Avendaño, quien una vez vencido y capturado por las fuerzas reales fue condenado a pena capital y que sus extremidades fueran amputadas y puestas para escarnio en cada una de las esquinas de la plaza de esta ciudad enmarcada por el volcán Galeras, la misma que hasta la década de los 70 se veía desde el centro del país lejana y fría, pero en la que comenzaba a organizarse el movimiento cívico que se convertiría en el referente de otros a lo largo de todo el país. Los pastusos volvían a la carga reivindicando su gentilicio pronunciado en el norte peyorativamente y muestra de ello fue la quema de toda la edición del diario capitalino en el que una desafortunada periodista había escrito “pastuso” para desdecir del buen nombre de las gentes nacidas y criadas aquí. Pero no solo los ciudadanos de la villa se organizaron para exigir buen trato y reconocimiento, también salieron a las calles a gritar refinería o revolución, a demandar la construcción de la hidroeléctrica del rio Mayo y de la carretera panamericana como también la conclusión del aeropuerto de Cano.

Se dijo entonces que los leones dormidos, mote con el cual se aludía al pueblo de estos lares, se habían despertado y sí, quizá como consecuencia de años de olvido y de todo lo sucedido en sus alrededores dentro y fuera de las fronteras. Porque el mundo era sacudido sobre los hombros de una juventud iconoclasta, cansada de las guerras y decidida a apartarse de unos cánones estéticos que evidenciaban la ética de una generación de señores y señoras a las cuales la propuesta de una sociedad creada para el consumo había seducido y sometido. Son años de luchas, pero también de efervescente cultura que a Pasto llega en las maletas de los profesores que vienen para trabajar en la Universidad de Nariño que se convierte en el motor de la rebeldía, es la matriz donde se engendran los nuevos liderazgos y el nuevo pensamiento. Frutos de ello son los movimientos políticos que concentran el descontento, pero también la esperanza y los movimientos culturales mediante los cuales se aprende a ver y valorar desde otras perspectivas los modelos morales y políticos, sustentos hasta entonces de una educación confesional.

Aquí es entonces donde encontramos a Raúl Ramírez, gestor del teatro contemporáneo en Pasto. A él nuestro reconocimiento por haber sido el portador de la contra cultura en la escena, de ese quehacer artístico que bien llevo a descubrir cuánto vale el arte en momentos que lo requiere la sociedad como expresión de su sentir inconforme. Eterna gratitud maestro Raúl Ramírez.

POR: RICARDO SARASTY

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