Soy colombiano y no me rajo
Ricardo Sarasty

¿Desde cuándo ser colombiano implica identificarse como un charro más de Guanajuato? No se puede desconocer que la cultura mexicana ha ido de la mano de la colombiana, sobre todo en aquellos sectores sociales en los cuales el cine mexicano y la televisión logro una gran audiencia por sus temáticas, más cercanas a sus vivencias sentimentales y rutinas, contadas en un lenguaje que logró entretejer sus historias.

No por razones distintas llegaron en las latas de las películas y los televisores para quedarse como iconos que ameritaron un sitio en las paredes de los dormitorios, de las salas, de los talleres y cafeterías para durar hasta que el correr del tiempo desvanecía sobre el papel los rostros de Pedro Infante, Jorge Negrete, Javier Solís, Cantinflas, Germán, Antonio y el loco Valdez, todos hermanos de Don Ramón el de la vecindad del Chavo. Junto a ellos o si se quiere al frente también se colocaron los rostros bellos de: María Félix, Silvia Pinal, Dolores del Rio, Elsa Aguirre y Blanca Estela Pabón. Todos y todas participes de lo que se conoce como el cine de oro mexicano, a los que se sumarian luego las estrellas y los galanes las telenovelas mexicanas, que con la masificación de la televisión también llegaron a formar parte del diario vivir de las familias.

Angélica María, Lupita Ferrer, Lucia Méndez, Verónica Castro y Lucerito, Julio Alemán, Andrés García Felipe Capetillo.

No aceptar la influencia de la cultura mexicana en el contexto social colombiano es desconocer que buena parte de la sociedad encontró en ella significado, así como la otra lo hizo con la norteamericana y más antes a través de los libros con la inglesa y francesa. Por ello quizá se puedan observar los puentes que unen las expresiones artísticas de los países sin importar que tan separados se encuentren geográficamente.

Lo que no acontece con Venezuela, el Ecuador, Perú, Brasil y Panamá, comprensible puesto que los mojones políticos no son los limites propios de los culturales. El intercambio de valores culturales siempre ha existido y se dará, no obstante, las expresiones artísticas provenientes del folclor propio no se habían relegado ni si quiera a un segundo plano.

En lo relacionado con la música el bambuco, el pasillo, la guabina, el pasaje llanero, el currulao, la chirimía, la cumbia, el paseo vallenato y el mapalé, se interpretaban, escuchaban y bailaban y quienes lo hacían ocupaban el lugar de importancia que ameritaban por ser colombianos, como bien se podía ver en sus atuendos de campesinos de los llanos, de los andes, del litoral pacífico o del caribe. Mientras los compositores crearon melodías con letras para sus canciones que bien recrearon los ambientes propios de estos lares, y la palabra lares significa precisamente casa, hogar.

Melodías que no se escuchan ni se ve interpretar hoy cuando se enaltece la patria y se enervan los sentimientos hacia ella para acto seguido anunciar la interpretación de un corrido norteño al buen estilo de cualesquiera de las bandas y conjuntos provenientes de Durango, Nuevo León o Sinaloa.

Agrupaciones musicales con un sonido ajeno al ambiente de nuestros pueblos, al menos de aquellos que no han sufrido aun la degradación cultural consecuencia del narcotráfico, mediante el cual se ha importado la estética de lo escabroso. Principios decadentes como el del derroche y la compraventa hasta de la vida, allí donde todo se tasa al precio del kilo en la bolsa de valores de la cocaína, la minería ilegal, el contrabando, la trata de personas, de cualquier negocio ilícito sobre el cual se levantan esos imperios mafiosos enaltecidos en las letras de esos corridos ajenos a la idiosincrasia del colombiano, pero que la industria del espectáculo los vende cual si realmente lo fueran.

Por: Ricardo Sarasty.

Category